De nombres tan evocadores como Soportales, Viñas o La Sacristía, las diferentes salas de crianza de Sánchez Romate conforman una trama muy bien diseñada. Es como una ciudad dentro de la propia ciudad de Jerez, cuna y nombre de los vinos y brandies que elabora la casa.

Jerez de la Frontera imprime personalidad. Su vigor actual se asienta sobre siglos de apasionado desarrollo de la tradición vinícola. Rodeada de los viñedos más meridionales de Europa, su historia es la de sus bodegas, tierras calcáreas blancas como salinas y alquitaras.

¿Cómo empieza todo? Hace mas de 3.000 años, los fenicios que desembarcan en la Bahía de Cádiz traen consigo las primeras cepas, que se adaptan maravillosamente a la fértil tierra calcárea, blanca como la luz de la bahia. Las posteriores civilizaciones –romanos, visigodos, árabes– extienden la viticultura bajo un clima soleado y seco que recibe la caricia refrescante de la brisa marina.

En la musulmana Sherish se ensayaron las primeras destilaciones para producir perfumes. Más adelante, en procesos consolidados ya en la Xerez cristiana, en los siglos XIV y XV. Se asienta entonces la proyección internacional de los vinos jerezanos, que empiezan a apreciarse en el resto de Europa. Con el tiempo llegarán a la ciudad, atraídos por su potencial, comerciantes y elaboradores de todas partes, que fundan bodegas aún hoy en plena actividad. Sánchez Romate es una de las más emblemáticas.

Además de sus apreciados caldos, Jerez es también lugar fundacional del arte flamenco, de la espectacular cultura del caballo, del gótico tardío de conventos e iglesias y de la arquitectura burguesa de los siglos XVIII y XIX. Un paseo por la ciudad, por sus calles bajo lilos y naranjos, estimula los sentidos y ayuda a entender la magia de sus frutos más universales, los vinos y brandies de Jerez.

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